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AIDA

Música de Giuseppe Verdi
Libreto de Antonio Ghislanzoni

AIDA: Mónica Ferracani
AMNERIS: María Luján Mirabelli
RADAMES: Carlos Duarte
AMONASRO: Ricardo Ortale
RAMFIS: Lucas Debevec Mayer
REY: Juan Carlos Novero
SACERDOTISA: Melina Biagetti
MENSAJERO: Diego García

Orquesta Sinfónica Provincial de Rosario
Director Mtro. Marcelo Pozo

Coro de la Ópera de Rosario
Director Mtro. Horacio Castillo

Coro Polifónico de la U.N.R.
Director Mtro. Francisco Maragno

Ballet Estable Municipal
Directora Artística Fabiana Balbiani

Regie y diseño de escenografía, vestuario e iluminación... Rubén Berasain

Teatro El Círculo, Rosario, Pcia. de Santa Fe
Función del 9 de Octubre de 2010

ALGO PARA RECORDAR...

Visitar Rosario es siempre una razón de disfrute, y más aún cuando se incluye el Teatro El Círculo.
Nacido allá por 1904, la sala es una verdadera joya de la arquitectura teatral y se halla, tras su restauración de 2004, en un estado de conservación envidiable.
La belleza y elegancia del diseño, su estimable acústica (elogiada por Enrico Caruso en una de sus visitas a principios del siglo XX), la calidez de su gente que sabe transmitir el amor que sienten por la vieja casa de Laprida y Mendoza, entre otras cosas, son esos plus que no pasan desapercibidos al visitante.
Nuestro viaje tenía en el programa AIDA, en la última de las tres funciones que se programaron esta temporada.
La sala rebosante de público, al punto que hubo que agregar ubicaciones en platea con dos filas de elegantes sillas, daba muestra del interés que despierta la lírica ente los rosarinos, y esta situación se repitió en las anteriores funciones, según me supieron informar algunos concurrentes.
Desde luego el título convoca.

Dentro de la producción verdiana, AIDA es uno de sus logros más meritorios, en el que el gran espectáculo se combina en justa proporción con la intimidad dramática de un argumento rico en profundidades y que nos presenta varias facetas a explorar en el desarrollo de los personajes, todo esto conjugado con la inspirada música que Verdi supo crear para la ocasión.
Nacida en 1871 para los festejos de la apertura del Canal de Suez, estrenada en El Cairo sin la presencia del compositor, que era muy renuente a los viajes por mar, para ser reestrenada en Milán al año siguiente con la dirección de Verdi en la Scala; la obra supo beneficiarse del aprendizaje que Don Giuseppe hizo tras el inseguro estreno de su anterior ópera "Don Carlos". El público no estaba aún dispuesto a apreciar las complejidades psicológicas de un argumento donde política, religión, amor, deber, pasión y fanatismo se entrelazaban sin cesar. Tal vez por ello el argumento de Aida supo despejarse de tantas implicancias, pero sin perder la debida profundidad, sino ajustándola a medidas más comprensibles para el gran público.
La música que compuso Verdi para su historia egipcia fue tildada entonces de wagneriana, calificativo que hoy resulta casi risible si se compara la preponderancia de la melodía cantabile  frente al sinfonismo propio del compositor alemán. Pero no se puede negar que en esta obra (y ya en Don Carlos, por cierto) la orquesta gana un lugar preponderante, que nunca supera a las voces, pero que las alcanza a un mismo nivel.

No se trata de mero acompañamiento sino de un tejido rico en armonías y de una riqueza instrumental muy importante.
Bien decía el Mtro. Arturo Toscanini que dirigir Aida era como conducir un Transatlántico...
Afortunadamente en la ocasión que nos ocupa el Transatlántico llegó a buen puerto, salvando algunos icebergs que le salieron al cruce aquí y allá, pero que no enturbiaron la travesía ni le hicieron perder el rumbo.
El reparto anunciado para la puesta rosarina era de lo más notable del circuito nacional, con cuatro nombres destacados por sus antecedentes y valores. Lamentablemente el resultado no fue todo lo parejo que hubiéramos deseado.
Mónica Ferracani compuso una estupenda Aida rica en lo dramático y cantada con la sutileza que exige Verdi para este rol, que no debe ser verista ni bel cantista, sino auténticamente verdiano, navegando siempre en esa sutil línea.
Extrajo para la ocasión sus mejores valores. Un claro legato, ricas medias voces y un timbre encantador.
Supo moderar algunas tendencias a cantar sobre el forte y, como notáramos en su encarnación de Traviata el año pasado, superó el vivrato que opacaba su línea tiempo atrás.
Su versión del aria "O patria mia..." del tercer acto fue recibida con una ovación contundente.
Probablemente no se encuentre en nuestro medio una cantante que pueda brindar una Amneris mejor que la de María Luján Mirabelli.
Su canto lleno de matices, su intensidad, su compenetración de la profundidad del drama que atraviesa la princesa egipcia, fueron cartas decisivas a la hora de enfrentar este rol con el que suma un nuevo suceso.
Su escena del juicio queda impresa en la memoria.
Carlos Duarte estuvo por debajo de su nivel habitual.
Habíamos escuchado en otras ocasiones su Radames, y de él sólo hallamos algo... pero no todo.
Su interpretación sólo voló alto en el último acto, tanto en el dúo con Amneris como en el final junto a Aida.
Sus notas altas estaban, su legato y su fraseo también, pero careció de intensidad y profundidad, sumado a algunas entradas erráticas aqui y allá.
Ricardo Ortale atravesaba, según informó el Teatro, una indisposición y a pesar de ella salió a escena.
Su sapiencia y trayectoria le permitieron sortear algunos escollos, aunque se notaron varias reacciones más cercanas al enojo por el fallo vocal que por el requerimiento dramático.
Exelente fue el Ramfis de Lucas Debevec Mayer.
Presencia escénica imponente, una voz que corre con fluidez y seguridad y una bella línea fueron sus rasgos más destacables.
Su contracara fue el Rey de Juan Carlos Novero, que lamentamos no desear recordar.
Interesante la prestación de Melina Biagetti como la Sacerdotisa, luciendo una voz grata y limpia.
Discreto el mensajero de Diego García.
El Mtro. Marcelo Pozo dirigió alcanzando momentos muy notables como los temibles concertantes, y otros menos afortunados. Tal vez el cambio de director (recordemos que las anteriores funciones las dirigió el Mtro. Cenzabella) no sea lo más aconsejable cuando se programan sólo tres funciones pues no se llega a afianzar lo que cada cuál desea de la orquesta y de los intérpretes, lo que lamentablemente redunda en desmedro del espectáculo.
Los Coros cumplieron satisfactoriamente con sus amplias participaciones. Sonaron afinados y con buen empaste. 
El Ballet afrontó el desafío de presentar una coreografía inspirada en la de la recordada puesta del Metropolitan de Nueva York de los años 90, y lo superó dignamente.
Todo un mérito teniendo en cuenta las medidas de un escenario colmado por una gran escenografía y por un coro completo en la escena triunfal. Merece un reconocimiento sincero el resultado.
La puesta de Rubén Berasain es todo un logro.
Sus bellas escenografías dieron realce a cada escena acentuando la intimidad o el fasto según lo requiera la acción.
Su escenario para la escena triunfal fue saludado con un caluroso aplauso apenas subió el telon.
Vestuario e iluminación se sumaron para este brillante trabajo.
Su marcación actoral resultó acertada, limpia de remilgos, eficiente a la hora de señalar lo importante, grata en el manejo de masas que nunca obstaculizaron lo esencial.
Interesantísima resulto la escena del juicio y la escena final con su inteligente uso de la iluminación tras los telones pintados lo que permitía al espectador ver lo que sucede tras los pesados muros faraónicos.
La madrugada nos halló saliendo del querido Teatro, con la satisfacción de que la Ópera de Rosario y El Círculo, nos dejaron con esta AIDA, nuevamente, algo para recordar...

Por el Prof. Christian Lauria

para www.operaintheworld.com